VIOLENCIA DIGITAL
Una gran parte de nuestras vidas la experimentamos en el mundo digital y gran porcentaje de nuestras interacciones están mediadas por algún instrumento, algoritmo, plataforma o servicio digital. Debido a esta convergencia de los átomos con los bits, nuestro quehacer diario ha conformado un nuevo orden social con efectos en los entornos políticos, culturales, económicos y de salud física y mental.
En esta coyuntura, nuestros comportamientos: actitudes, desajustes emocionales, alteraciones de carácter y desbalances espirituales encuentran salida también en el entorno digital. Con esto en mente y considerando el creciente grado de conectividad e interdependencia de individuos, comunidades e instituciones, el mundo virtual, aunque en potencia pudiera ser un aliado importante para atender las diferentes aristas de la salud mental, su creciente uso en una sociedad con un déficit importante de actitudes, éticas y morales tiende a exacerbar las expresiones de violencia y en muchos casos extremar las herramientas de desinformación y marginalización social y cultural.
Las violencias directas son las que se visibilizan en este momento, la preocupación es que estas que hemos normalizado en el contexto digital, se incrustan ahora en el modus operandi social y resulta complicado en la actualidad reducir su efecto y adoptar narrativas que contrarresten su insidiosa manifestación.
Dado el aumento de prácticas y casos de violencia física y estructural a nivel local, nacional y global, diversas instituciones (religiosas y seculares) y agencias gubernamentales y no gubernamentales han llevado a cabo estudios, marcos de referencia, regulaciones y proyectos que intentan ayudar a mitigar la frecuencia, intensidad y magnitud de esta perjudicial situación. Sin embargo, y a pesar de argumentar la necesidad de implementar medidas centradas en incrementar la conciencia ética y moral mediante estrategias educativas que reduzcan la incidencia de este tipo de violencias, los esfuerzos, aunque loables, requieren de una reorientación que nos lleve a intentar curar las raíces y no solo los síntomas que afligen a una sociedad cada vez más adentrada en las formas e imágenes de una “modernización” centrada en la tecnología y no en la esencia del ser humano y su realidad espiritual. Ante esto, surgen preguntas que merecen reflexión:
¿Cómo contrarrestar las fuerzas que han llevado a la sociedad a tal grado de violencia digital?
¿Qué nos ayuda a desarrollar un enfoque balanceado de uso de la tecnología y poner a la sociedad al centro de nuestras actividades cotidianas?
¿Qué nos ayuda a lograr mayores niveles de integración y coexistencia en un mundo donde la violencia, el egoísmo y antagonismo son vistas en general como reflejos de la naturaleza humana?
Reconceptualizar la naturaleza humana no es tarea sencilla, sin embargo, puede tener un impacto profundo en las relaciones que sostienen la sociedad. Mientras no se impulsen patrones educativos integrales enfatizando la naturaleza y nobleza del ser humano, que incluyen su inherente capacidad de amar, de mostrar compasión, de hacer sacrificios por los demás y perdonar, las expresiones negativas de la naturaleza humana generarán mayores grados de prejuicio, conflicto y desigualdad extrema y sobreexplotación de los recursos de la tierra. Por lo que la reconceptualización propuesta considera la justicia como pilar y tarea fundamental para lograr la unidad y bienestar de la humanidad. Esa es la observación y modesta propuesta para reducir las expresiones de violencia en el mundo real y virtual. En ello tenemos que trabajar dado que los retos son enormes y la urgencia es acuciante.
La violencia digital se ha visto como una afectación multifactorial con diferentes elementos alrededor de preservación y respeto de los derechos humanos. Entre estos elementos se pueden mencionar:
1. Vivir una vida libre de violencia.
2. Afectación de la integridad personal.
3. Afectación a la autodeterminación.
4. Privacidad y protección de datos personales.
5. Dignidad.
6. Libertad de reunión y asociación.
7. Acceso a la Información.
8. Libertad de expresión.
9. Igualdad y no–discriminación.
Estos elementos reflejan el interés y preocupaciones de diversas agencias por apoyar a la población de la incremental violencia digital que nos aqueja, sin embargo, los proyectos y regulaciones que no incluyan la relevancia de la naturaleza espiritual del ser humano, no cumplirán, en mi humilde perspectiva, ir a la raíz de la situación y sólo enfrentarán los síntomas de una condición que será aún más difícil de controlar.
Finalmente la infraestructura y metabolismo regulatorio actual para actuar sobre la violencia y desproporcionada influencia de los medios, dispositivos y sistemas digitales tienen limitada injerencia en la modificación de los comportamientos humanos y expresiones de nuestro orden social. La función de la regulación, normatividad y ética es importante y reconocida, no hay duda de ello, pero, resulta fundamental el complementar esta función con los valores conducentes al avance de la sociedad que sirvan para expresar su noble propósito para crear un futuro que refleje las más altas aspiraciones de la humanidad. Este trabajo en conjunto no es sencillo, incluye varios desafíos y es de largo aliento, no obstante, es urgente comenzar a la brevedad para proteger y empoderar a las nuevas generaciones dando lugar a generar una esperanza dinámica y no sólo un deseo para mitigar los patrones civilizatorios lesivos enfocados en modelos de mercado y comportamientos violentos que nos alejan de nuestra verdadera realidad: La espiritual.